Hace ya varios varios años inicié mi proceso académico, en el kínder, luego en la escuela, para pasar al colegio y luego muchos años de universidad para graduarme como maestra.
Pero esta travesía no comenzó en mi primer día de universidad, si quiera cuando llené los documentos de ingreso a la carrera, mucho menos en el examen de admisión.
Esta travesía empezó cuando en segundo grado llegó una niña a mi grupo con la cara un poco extraña y su cabeza más pequeña que la del resto, la verdad no entendía mucho pero la maestra la puso al lado mío y me pidió que le ayudará y así lo hice. No recuerdo su nombre, pero siempre recuerdo como me esmeraba porque ella también terminara el trabajo.
Así siguió pasando en cada año y en cada grupo al que asistía, recuerdo que en el primer día de sétimo grado nos hicieron un diagnóstico y yo iba de pupitre en pupitre explicándole a mis compañeros la materia. También recuerdo que mi trabajo comunitario para graduarme de bachiller medio fue ayudarle a unos chicos del cole que tenían una condición visual que indudablemente los ponía en cierta desventaja académica pues no siempre las clases se adaptaban a ellos.
Graciosamente cuando debía escoger carrera lo pensé, aunque siempre siempre he sido maestra, lo pensé... pero bueno al final puse como mi opción educación especial y entré, acompañado de un número de carné universitario me dieron mi pase de admisión a la Facultad de Educación y de eso, de eso no me arrepiento ni por un segundo.
En el trascurso de mi trabajo he conocido personas maravillosas de las cuales he aprendido tantísimo que no tengo palabras para agradecer a la vida eso.
En las siguientes entradas les contaré un poco de quienes me han marcado en estos años de ejercicio de la profesión más hermosa: la docencia.